
Las conversaciones públicas y privadas de los últimos días giran, inevitablemente, en torno a las elecciones de mayo. Debo decir que me sorprende oír a personas de centro e incluso de centroizquierda decir, sin sonrojarse, que votarán por Paloma Valencia.
“Es el menor de los males”, dijo uno de mis interlocutores del fin de semana. Y volvemos a lo de siempre. En Colombia seguimos votando en contra. No votamos por convicción, sino solo para evitar que llegue al poder algo peor. Aquí no elegimos: rechazamos.
No es preciso viajar demasiado en el tiempo. Me limito a ejemplos recientes:
Muchos votaron por Duque para que no ganara Petro.
Muchos votamos por Petro para que no ganara Rodolfo Hernández.
Y ahora muchos votarán por Paloma para que no gane Cepeda.
“¿Y si a segunda vuelta pasaran Paloma y Abelardo, por quién votaría?”, me preguntaron.
“En blanco”, respondí sin titubear.
“Votar en blanco es botar el voto”, me dijeron. Puede ser. Pero hay algo peor que botar el voto, y eso es traicionarlo. Prefiero botar el voto a votar por alguno de esos dos males. Ninguno me parece menor que el otro. De hecho, me parecen el mismo desastre con diferente empaque.
Hablemos primero de Abelardo De la Espriella, o del “Bukele de Temu”, como le dice una gran amiga mía que goza de una chispa envidiable para los apodos.
No puedo votar por un hombre que se dice “más uribista que Lina, Tomás y Jerónimo”. Esa frase expone un derrotero que no estoy dispuesta a legitimar.
No puedo votar por un hombre que pasa del ateísmo a la devoción religiosa en plena campaña, convenientemente frente a las cámaras de televisión y con lágrimas de cocodrilo que parecen ensayadas para una telenovela de medio pelo.
No puedo votar por un hombre que habla de “destripar a la izquierda”. No se destripa a nadie, ni siquiera en sentido figurado. Cuando alguien piensa y habla así, no se puede esperar nada bueno de sus acciones.
No puedo votar por un hombre que acosa judicialmente a los periodistas que lo contradicen o lo investigan. Perseguir a la prensa no es carácter, es terror al escrutinio.
No puedo votar por quien se considera chistoso por haber matado gatos con pólvora ni por quien se burla de las inclinaciones sexuales de otras personas.
No puedo votar por quien dice que “hay que sacar a Fecode y volver a meter a Dios en las escuelas”. La separación entre Iglesia y Estado no es un capricho liberal: es una conquista tendiente a respetar los derechos que están en la Constitución que nos cobija a todos.
No puedo votar por alguien que pretende reinstaurar la seguridad democrática, que dejó miles de muertos para inflar estadísticas o acumular condecoraciones.
En conclusión, no puedo votar por un candidato que parece haber aprendido de memoria el libreto más básico y también el más peligroso de la derecha autoritaria.
Hablemos ahora de Paloma.
No puedo votar por una mujer que asegura con orgullo que consultará a Álvaro Uribe Vélez al desayuno, al almuerzo y a la comida. Eso no demuestra lealdad política, sino una peligrosa inseguridad y dependencia.
No puedo votar por alguien que se opone a la JEP.
No puedo votar por una mujer que cree que hacer oposición es la negación sistemática de todos y cada uno de los proyectos de cambio respaldados por millones de colombianos.
No puedo votar por una manipuladora que grita, en medio de un debate con su oponente Iván Cepeda, “no me vaya a mandar matar”. Eso no es ser honesto, es crear un titular para mojar prensa al precio que sea.
No puedo votar por alguien que parece poseída por una personalidad alterna cuando habla en la plaza pública, impostando la voz como si fuera un caudillo de los años 40. El liderazgo no es cuestión de volumen, sino de ideas.
Así que, si la segunda vuelta fuera entre una paloma y un tigre de papel, votaría en blanco. Y me gustaría que muchos más lo hicieran, tal y como sucede en la novela alegórica que José Saramago publicó en 2004.
En Ensayo sobre la lucidez, el autor plantea una situación jamás vista: en una ciudad sin nombre, es decir, un lugar que puede ser cualquiera y a la vez ninguno, sucede lo más inesperado: todos los ciudadanos votan en blanco. El gobierno entra en pánico y el acto colectivo se interpreta como una amenaza al orden democrático.
Se repiten las elecciones y se cuentan aún más votos en blanco que en el escrutinio anterior.
Viene lo esperado: el poder responde con paranoia y represión. El gobierno declara un estado de excepción y comienza una carrera en busca de un culpable. La situación va en escalada hasta el momento en que el gobierno abandona la ciudad, intentando aislarla como castigo. Para sorpresa del Estado represor, la ciudad sigue funcionando con relativa normalidad. No colapsa, no hay caos. El problema nunca fue la ausencia de autoridad, sino su manera de ejercerla.
Pronto aparece una culpable. Y es, nada menos, que un personaje de otra de las novelas de Saramago: la única mujer que no pierde la vista en Ensayo sobre la ceguera, historia en la que una pandemia va dejando ciegos a todos los habitantes de una ciudad. Solo una persona, la esposa de un médico, es testigo ocular de la más horrible degradación humana. Esto es, de lo que somos capaces cuando no somos vistos por los demás.
Saramago propone una verdad incómoda: el peligro para el poder no es la ignorancia, sino la lucidez de una sociedad que decide tumbar un sistema que no la representa.
Votar en blanco no es botar el voto. Tampoco es una evasión.
Votar en blanco masivamente no sería un acto de apatía, sino uno revolucionario. Sería una forma de combatir la idea de que debemos votar por el menos malo. Estaríamos obligando al sistema a mirarse al espejo. Y nos obligaríamos a nosotros mismos a no conformarnos con el menor de los males.
Mientras sigamos votando en contra, como históricamente lo hemos hecho, el resultado será siempre el mismo: gobiernos que no convencen, oposiciones que no dialogan, sino que obstaculizan, y una ciudadanía cada día más resignada.
Si algún día fuéramos capaces de votar masivamente en blanco, sería interesante ver hasta dónde llegaría la manipulación del gobierno, el uso de los medios de comunicación que le sirven al poder, el rol de la policía y las narrativas oficiales dedicadas a construir enemigos internos.
Si todos votáramos en blanco en las próximas elecciones, solo una pregunta quedaría en el aire: ¿a quién le echarían la culpa? No lo digan. Todos conocemos la respuesta.
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