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David García
Puntos de vista

¿El arte puede esperar?

A lo largo de la historia, la cultura ha demostrado cíclicamente que es mucho más que un espacio de representación estética. Durante años se creyó que la política se decidía en los congresos y la economía en los mercados financieros. Sin embargo, gran parte de las disputas de nuestro tiempo parecen librarse hoy en otros escenarios: festivales, bienales, series, canciones, redes sociales y símbolos colectivos.

Pocas escenas permiten observarlo con tanta claridad como el Eurovision Song Contest, el festival musical pop más grande del planeta. Cerca de 180 millones de personas siguen cada año este espectáculo que, en apariencia, no es más que una competencia televisada. De allí salieron artistas mundialmente famosos como ABBA, Celine Dion, Julio Iglesias u Olivia Newton-John.

Su primera edición se realizó en 1956, apenas una década después de la Segunda Guerra Mundial, impulsada por la European Broadcasting Union con una idea profundamente política: reconstruir una identidad europea común a través de la televisión y la cultura compartida. Era un proyecto de reconciliación continental disfrazado de espectáculo musical.

Sin embargo, el presente parece demostrar algo distinto a las promesas culturales de la globalización. La cultura se convirtió en el escenario donde se disputan identidades, intolerancias, nacionalismos y nuevas guerras simbólicas. Eurovisión es hoy un espejo condensado de las tensiones culturales y políticas de Occidente. Combina competencia entre naciones, espectáculo de masas, diplomacia cultural, votación popular, representación de identidades y guerra digital permanente.

Mientras el escenario celebra la diversidad global, las votaciones suelen revelar bloques geopolíticos, afinidades regionales y fracturas ideológicas. La globalización no eliminó las identidades nacionales: las volvió más emocionales y las profundizó. Cuanto más global se volvió la cultura, mayor parece haber sido la necesidad de reafirmar símbolos de pertenencia territorial y de identidad.

La edición de 2026, que se celebra esta semana en Viena, desde donde escribo esta columna, ha sido especialmente reveladora. Varias delegaciones y televisiones públicas de gran importancia decidieron retirarse o no transmitir el evento en protesta por la participación de Israel en medio de la guerra en Gaza. España, Irlanda, Islandia, Eslovenia y Países Bajos cuestionaron la neutralidad del festival y acusaron a la organización de actuar con criterios políticos sesgados.

La discusión recuerda lo ocurrido con Rusia, excluida del festival desde 2022 tras la invasión a Ucrania. Durante años, Rusia había sido una de las grandes potencias de Eurovisión: producciones monumentales, frecuentes finales y una victoria en 2008 con Dima Bilan. Su salida mostró que incluso el espectáculo musical pop más masivo del planeta no puede escapar de la lógica geopolítica.

Viena parece en estos días una mezcla extraña entre la majestuosidad neoclásica pos-imperial austrohúngara, carnaval pop europeo y cumbre diplomática con serpentina. Las zonas frente a la Alcaldía repletas de seguidores de los diferentes cantantes conviven con manifestaciones políticas, banderas, debates y transmisiones gigantes en pantallas públicas. Las canciones se mezclan con discusiones sobre guerras, boicots y legitimidad moral. Lo que alguna vez fue presentado como entretenimiento neutral terminó convertido en un termómetro ideológico continental.

Pero Eurovisión no es una excepción. Lo mismo ocurre hoy en espacios históricamente asociados a la alta cultura.

Algo similar sucedió hace dos semanas en la Biennale di Venezia. La Bienal nació en 1895 como una celebración internacional del arte y del intercambio cultural. Sin embargo, sus últimas ediciones quedaron atravesadas por disputas sobre Gaza, Ucrania, censura, colonialismo y boicots culturales. En 2024, numerosos artistas y trabajadores de la cultura pidieron excluir a Israel de la Bienal. El conflicto alcanzó un punto simbólico extraordinario cuando el pabellón israelí permaneció cerrado y apareció en su entrada una frase que parecía resumir un espíritu de época: “El arte puede esperar”.

La frase era contundente precisamente porque invertía una vieja y polémica idea moderna: la del arte como territorio autónomo, separado de la política y de la urgencia histórica. Pero la pregunta inexorable es otra: ¿realmente el arte espera?

Todo indica lo contrario. Las canciones, los festivales, las películas, las series y hasta los museos son escenarios centrales de alineamiento ideológico y confrontación política. Las plataformas digitales amplifican cada gesto cultural hasta convertirlo en posicionamiento político inmediato. La cultura no funciona solamente como expresión artística, también opera como mecanismo de identidad, movilización y poder simbólico.

Walter Benjamin lo advirtió hace casi un siglo: “En lugar de fundamentarse en el ritual, el arte comienza a fundamentarse en otra práctica: la política”. Su reflexión parece escrita para nuestro tiempo, una época donde los grandes conflictos internacionales también se disputan en conciertos, plataformas digitales, festivales y escenarios culturales.

Eurovisión y la Bienal de Venecia nacieron en la Europa de la posguerra con una franca aspiración democrática y cosmopolita: unir sociedades a través de la cultura. Paradójicamente, hoy permiten observar exactamente lo contrario: la cultura convertida en uno de los principales campos de batalla del siglo XXI.

El arte no puede esperar. Hace mucho tiempo dejó de estar al margen de la historia.

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