
PRIMERA PARTE
El otro día regresé a la Casa de Nariño. No entraba allí desde marzo de 2017, creo, cuando renuncié a mi trabajo como director de televisión de la Presidencia de la República en el Gobierno de Juan Manuel Santos. Maravillosa experiencia, por cierto.
Esta vez, me avisaron el día anterior. Así que llegué temprano, cumplido, a surtir el ya conocido trámite de ingreso, el anuncio en los filtros de seguridad, la revisión de equipos y todos esos menesteres propios de mi oficio como periodista.
- ¿Hacia dónde se dirige? Me preguntó la amable policía en la recepción.
- Voy a Gobelinos.
- ¿Quiere que lo acompañen o sabe dónde es?
- No se preocupe, yo sé cómo llegar. Le respondí con suficiencia.
Y cuando ingresé, me di cuenta de que no me acordaba. Tomé el camino equivocado, subí dos pisos que no debía subir y tuve que devolverme por completo para retomar el rumbo. En el corto trayecto me pareció que todo seguía más o menos igual.
Los pasillos tenían el mismo entapetado rojo que yo recorría —a diario— casi una década atrás, los mismos ágiles estafetas con las mismas gorras de cuartel, los mismos guardias de adorno con la vestimenta de la época libertadora, los mismos soldados del Batallón Guardia Presidencial, y así hasta que llegué a mi destino: el mismo Salón de Gobelinos con las mismas sillas Luis XVI amarillentas (no amarillas) donde nadie se puede sentar, ubicadas delante de los mismos espejos republicanos donde ya nadie se mira, al lado de los gigantescos tapices colgantes fabricados en la parisina fábrica Gobelin, a los que ya no logro definirles el color, por lo viejos, supongo, aunque me parecieron mucho más gastados que antes y medianamente feos, en los que ya no se notan mucho los dibujos tejidos que tienen, o que tenían, bastante inútiles, diría yo.
Y claro, las mismas cortinas que renovara Tutina hace una década y que fuera todo un escándalo, que ahora se muestran algo avejentadas, de ese indescifrable color que toman las cosas cuando van desapareciendo, dejadas, tristes, deslucidas, apenas para ese poco acogedor salón, con frecuencia convertido en sitio de ceremonias y eventos. Y, además, de entrevistas presidenciales para televisión. Que, por cierto, era a lo que yo iba.
Mientras llegaba la hora del compromiso, fuimos a la cocina para realizar una improvisada planimetría en caso de que nos aceptaran tomar un tinto en cámara; pedí que quitaran un limpión rosa para no “ensuciar” el plano y me negaron mi petición. Tenían razón, el trapo debía quedarse allí (todos los días se aprende en este negocio). Marcamos unos ángulos y regresamos a Gobelinos. A esperar.
Decidí caminar un poco, siguiendo los letreros instalados bajo cada mariposa amarilla que hay por todos lados. “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor” (El amor en los tiempos del cólera), decía en uno. “Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad” (Cien años de soledad), así en otro. Y mi favorita: “A los demonios no hay que creerles ni cuando dicen la verdad” (Del amor y otros demonios). Hay muchas.
Esas y una serie de hiperdecoradas escenografías alusivas a la paradigmática obra de Gabriel García Márquez: avisos del pueblo donde vivieron los Buendía y recreaciones de lugares imaginarios que aparecen en las páginas de Cien años de soledad, marcando un particular contraste entre la arquitectura de piedra propia del palacio presidencial y la colorida decoración con papel crepé para un centro literario o una izada de bandera de cualquier colegio de este macondiano país.
Los puristas vomitarían.
La espera se hizo eterna. Aunque, espero el bus, espero el pago, espero al médico, espero el semáforo, espero al cajero, espero en el ascensor, faltaba más no esperar al presidente de la República.
Di vueltas y vueltas, me tomé fotos con la paloma de Botero, con los guardias del Despacho, con mis compañeros de equipo, repasé las preguntas, analicé escenarios de respuestas, cuadramos las cámaras dos veces y sobre el medio día, recibimos la confirmación de la noticia: el presidente no nos podía atender.
- El presidente tiene mucha gripa.
- ¿De verdad?
- Sí, los cambios de clima lo tienen muy afectado. Llegó ayer de viaje.
Lo dijeron de forma tan amable y me sentí tan abrumado con las insistentes excusas que terminé disculpándome yo.
En todo caso, mejor no entrevistarlo así. Lo necesito en plena forma, de buen ánimo, dispuesto. Parece que será esta semana.
Ya les contaré.
@JaimeHonorio.
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