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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Habitar las palabras

_Hacia un saber del alma_ podría ser la verdadera declaración de principios de la gran escritora española María Zambrano. Es su “Arte poética” y su reflexión sobre ¿por qué se escribe? Me gusta leer este ensayo en mis talleres literarios y que sea un detonante para que los participantes se animen también a reflexionar sobre el oficio y la escritura. 

Dice allí María Zambrano: “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas. (…) Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra”. Allí es donde radica parte de la lucidez de Zambrano. La escritura nace de una soledad que no es aislamiento ni encierro absoluto, sino una distancia necesaria para mirar el mundo desde otro ángulo y descubrir las relaciones invisibles entre las cosas. Allí también está la fuerza de la poesía capaz de unir con hilos invisibles todas las cosas del mundo en medio del ruido y el silencio. Por eso quien escribe justifica su oficio cuando ratifica que, por ejemplo, la literatura nace de una profunda conversación entre la soledad y el silencio y el deseo de comunicarse con los otros o ser la voz de todos o de unos cuantos. 

“Escribir poesía es desatar nudos”, me decía hace poco la poeta Piedad Bonnett: “Se desatan los nudos de la infancia, del amor, de la violencia. La poesía nos permite tomar distancia, pasar lo vivido por la criba de las palabras. Sentimientos hondos como dolor, rabia, nostalgia, al convertirse en lenguaje, se vuelven otra cosa. Y quizá ahí hay una forma de reconciliación, no con los otros, sino con uno mismo y escribir convierte esa materia en creación, y esa creación compensa la soledad. Cuando desatas un nudo liberas algo. La poesía está siempre deshaciendo nudos”. La poesía no elimina el dolor ni borra lo vivido, pero sí permite mirarlo desde otra orilla. Al pasar la experiencia por el lenguaje, el sufrimiento deja de ser únicamente herida para convertirse también en sentido, ritmo, imagen y memoria. Tal vez ahí reside una de las mayores potencias de la poesía: transformar aquello que nos fractura en una forma de conocimiento porque no se escribe para olvidar sino para comprender mejor al mundo, a los otros y a nosotros mismos y a nuestro lenguaje. 

Sin embargo, hay algo en la palabra escrita que la vuelve más poderosa que la palabra hablada. La palabra hablada nos salva del instante, pero la escrita nos enseña a permanecer y perdurar. Vuelve Zambrano con su lucidez: “Hay en el escribir un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja”. Sin duda, hablar es desprenderse de las palabras y escribir, en cambio, implica retenerlas y habitarlas de muchas formas. 

Escribir, entonces, es salvar del ruido aquello que todavía merece ser verdad. Es habitar la soledad y procesar los secretos que nos confía la vida para devolverlos convertidos en unas palabras llenas de belleza y significado. Quienes escriben logran rescatar las palabras de su fugacidad para blindarlas de permanencia. El poeta las arranca del instante y las llena de emoción y asombro. Tal vez por eso seguimos escribiendo. Porque intuimos que cada palabra verdadera nos puede salvar algo del derrumbe y quizás al final logremos arrancarle más palabras y todo un idioma al instante y la fugacidad para dejar una pequeña huella de nuestra existencia sobre la tierra y algo de una música humana contra el olvido.

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