
Durante demasiado tiempo Colombia se acostumbró a presentarse ante el mundo como quien llega a una fiesta enseñando primero las cicatrices. Éramos el país del parte de guerra, del informe antidrogas, del mapa rojo iluminado por noticieros extranjeros como si fuera una serie interminable de realismo mágico mal traducido. La diplomacia colombiana se volvió un catálogo de heridas: exportábamos cifras del conflicto mientras nuestras culturas, músicas, danzas, lenguas, nuestras fiestas y nuestros sistemas de conocimiento se escondían en cajas de archivo, como esas fotografías que no aparecen en los álbumes familiares.
Pero un país no puede pasar toda la vida mirándose en el espejo roto del conflicto. Diez años después del Acuerdo de Paz, Colombia tiene la obligación ética y política de narrarse desde las resistencias culturales que sobrevivieron incluso cuando la muerte administraba el territorio con complicidad burocrática. La cultura, aunque a muchos tecnócratas les produzca alergia admitirlo, ha sido una infraestructura invisible de supervivencia nacional. Allí donde el Estado llegó tarde o llegó armado, llegó primero una marimba, una biblioteca comunitaria, una comparsa o una obra de teatro montada con tablas prestadas y terquedad colectiva.
Por eso programas como Artes para la Paz resultan mucho más profundos de lo que aparentan los informes institucionales. No se trata simplemente de enseñar danza o música en colegios públicos, como quien reparte actividades extracurriculares para adornar estadísticas de gobierno. Lo que está en juego es la posibilidad de que miles de niñas, niños y jóvenes descubran que el arte también puede ser un idioma para no repetir la violencia heredada. Casi un millón de niños, niñas y jóvenes han participado en procesos de formación artística durante el Gobierno del presidente Petro: un millón de pequeñas interrupciones en la cadena histórica del abandono.
Esta conversación dejó de ocurrir únicamente dentro de nuestras fronteras. Colombia ha empezado a comprender que su diplomacia internacional puede estar atravesada por su experiencia cultural. El Congreso Iberoamericano de Educación y Formación Artística y Cultural Artes para la Paz, realizado en Bogotá durante la semana del 11 de mayo, reunió veinte ministerios de Cultura de Iberoamérica, ministros y viceministros que firmamos la creación de la Red Iberoamericana de Educación y Formación Artística y Cultural para que maestros y artistas circulen y se formen en programas de toda Iberoamérica.
Colombia asume la presidencia de la Red gracias al reconocimiento internacional de organismos multilaterales como la OEI, la Unesco y la Segib frente a la política de educación artística y cultural que el Gobierno ha implementado estos últimos cuatro años. No ha sido un Ministerio de las Culturas que ha creado grandes eventos; hemos creado una estructura sostenible para la educación artística en Colombia: la firma de la Ley Artes al Aula, formación artística en 6.000 colegios públicos, en centros penitenciarios, en los atrapasueños de ICBF, en casas de la cultura y bibliotecas públicas. Sin ruborizarme puedo afirmar que sí, Colombia se está transformando a través de procesos artísticos y culturales; que este país ya es distinto porque sus culturas han empezado a dialogar, dentro y fuera de sus fronteras.
Hoy Colombia tiene la oportunidad extraordinaria de dialogar con el mundo como una sociedad capaz de ser y producir cultura en medio de la adversidad. Y quizá ahí resida nuestra forma más sofisticada de diplomacia y de futuro: convertir las cicatrices en poema, la memoria en puente y la cultura en una manera radical de volver a encontrarnos.
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