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María Jimena Duzán

La debacle de Sergio Fajardo

Hace poco, un periodista extranjero que conoce bien la jauría política en Colombia me preguntó un tanto desconcertado por las razones de la desinflada de Sergio Fajardo. No podía entender por qué le iba tan mal a un candidato que tenía tantos atributos para frenar en seco la ola populista que se ha tomado a las democracias y le parecía inconcebible que un biempensante, que hablaba de la decencia cuando otros querían destripar a sus opositores, se hubiera esfumado tan rápido de la contienda electoral. 

Mi desconcertado colega tiene algo de razón. De todos los candidatos presidenciales, Sergio Fajardo es el político que más se merece llegar a la Presidencia: tiene el récord de ser el candidato con más campañas presidenciales a cuestas —este es su tercer intento—, y es un político que ha demostrado que en este país de cafres sí se puede hacer una política decente desde el poder, sin necesidad de destripar a nadie, ni de apelar al populismo, ni valerse de la trampa del clientelismo que siempre va de la mano de la corrupción. 

Sin embargo, a pesar de que Sergio Fajardo es un político distinto, que demostró que en Colombia se puede ejercer el poder sin entregarle el alma al diablo —así lo hizo cuando fue alcalde de Medellín y luego gobernador de Antioquia—, su campaña no ha despegado y, por el contrario, cada día que pasa se hunde más. En diciembre alcanzó a llegar a 11 puntos, pero hoy no pasa del tres por ciento e incluso en varias encuestas está por debajo de Claudia López, otra política de quilates, que decidió reubicarse en el centro, pero con muy poco éxito. Fajardo no ha conseguido retener a sus potenciales votantes de centro y hoy se los están repartiendo entre la campaña de Paloma y Oviedo y la de Iván Cepeda. Entre estos dos bloques políticos se están chupando al centro y tal y como están las cosas, solo un milagro podría evitar que la campaña de Fajardo siga camino a la debacle.  

Hay muchas razones para que los colombianos hayan decidido no darle su voto a Sergio Fajardo a pesar de que era un buen candidato. La primera es de simple tacto político: Fajardo se fue convirtiendo en la nueva Ingrid de las campañas presidenciales, porque le dio por aparecer solo cada cuatro años. Luego de sus derrotas, Fajardo desaparecía del escenario político para reaparecer sólo cuando se volvía a prender el calendario electoral y se insertaba en ese escenario como si ya tuviera asegurado un cupo en el tarjetón y nada hubiera cambiado en el entretanto. 

Ese fue su mayor error en esta campaña: reaparecer con el mismo discurso biempensante del 2018, planteando las mismas consignas de hace ocho años, en las que él aparecía como el candidato disruptor que se oponía a los politiqueros de siempre, que se ufanaba de no usar corbata ni cinturón y que prometía ejercer el poder desde la decencia. Fajardo no se dio cuenta que en estos ocho años el país fue cambiando y que hoy ni su figura de profe ‘progre’ es disruptiva ni sus mensajes atraen a los votantes. En la Colombia de hoy, esas diferencias que lo hacían tan singular en el pasado se han ido borrando porque el país tiene nuevos interlocutores, nuevos protagonistas del cambio que ya no se identifican necesariamente con la anti política, sino con los cambios sociales y las reformas de fondo. Pero, además, el hecho de haberse convertido en un candidato que solo aparecía en campaña y que desaparecía cuando el país iniciaba un nuevo gobierno, lo fue convirtiendo en un político paracaidista, un señalamiento probablemente injusto para un candidato tan poco oportunista. Sin embargo, la verdad es que Fajardo fue perdiendo sintonía con el país que él creía interpretar y terminó ninguneado por los mismos que una vez lo exaltaron. No se dió cuenta de que los ejes de la política cambiaron en estos cuatro años y que ya no basta ser decente para interpretar el cambio ni los nuevos desafíos que impone el país. Si Fajardo pretende en el 2030 hacer su cuarto intento para llegar a la Presidencia, no puede cometer el mismo error y, si pierde, debería quedarse a alzar su voz para ser protagonista de los hechos que conmocionan a la nación que él tanto quiere gobernar y no sustraerse en el silencio para volver en cuatro años a decir lo mismo que nos dijo en el 2018. 

La segunda razón para que a Sergio Fajardo le esté yendo tan mal en las encuestas es que puso todo su capital político en el centro y resulta que, en Colombia, el centro no existe. Desde la Constitución del 1991, hasta el 2002, Colombia estuvo gobernada por la centroderecha, con excepción de los cuatro años de Ernesto Samper, que fue de centroizquierda. Con la llegada de Álvaro Uribe al poder en el 2002, Colombia pasó de una centroderecha convencional a consolidar una nueva derecha que impuso nuevos dogmas y nuevas narrativas. Primero creó un estado de opinión que le permitió cambiar las reglas del juego —se aprobó la reelección inmediata— y de otro lado se creó la política de seguridad democrática una sombrilla que no solo sirvió para luchar contra las Farc, sino que legitimó abusos de poder que terminaron en el horror de los ‘falsos positivos’ y que permitieron que organismos como el DAS terminaran en manos de los paramilitares, y que entidades como el Incoder acabaran siendo utilizadas para legalizar el expolio de tierras hecho por los paramilitares. Después de Uribe vino el Gobierno de Juan Manuel Santos, que en realidad fue de centroderecha así el uribismo recalcitrante lo hubiera graduado injustamente de castrochavista por haber firmado la paz con las Farc. Con Duque, el péndulo no se movió y solo en el 2022 los vientos viraron y por primera vez el país hizo un giro hacia la izquierda. Hoy existe un partido de izquierda que representa a cerca del 35 por ciento de los colombianos y una derecha que quiere volver al poder que poco se ha remozado y que representa el otro 35 por ciento de la población. En ese escenario, ser de centro es ser de un lugar que hoy no tiene identidad porque ni tiene un partido, ni una narrativa ni está anclado en la vida política de los colombianos. Ni siquiera el partido Verde que se instaló inicialmente como un partido de centro que apelaba a la cultura ciudadana existe hoy como tal, porque también ha sido absorbido por los nuevos vientos que soplan desde la derecha y desde la izquierda.  

El aporte de Sergio Fajardo a la política ha sido notable porque nos recuerda la importancia de lo que ya se nos ha vuelto paisaje: la necesidad de construir entre diferentes a través del diálogo, de lo importante que es gobernar pensando en el interés nacional y no en el privado o el personal, como decía Mockus, y en que la educación es clave en una sociedad tan desigual como Colombia. Pero también es cierto que hoy la política significa mucho más y Fajardo no entendió ese nuevo país ni sus dinámicas y se estancó en un discurso que ya no impacta. 

No es que el país no haya estado a la altura de un candidato como Fajardo. Es que Fajardo no leyó bien el país que tanto quiere gobernar. 

CODA: Uno puede estar o no de acuerdo con varias de las historias que hace La Silla Vacía, pero en lo que no hay ninguna duda es que el periodismo le debe mucho a este proyecto periodístico. Algo deben estar haciendo bien desde que son blanco de campañas de desprestigio urdidas desde los canales públicos del Gobierno de Petro y de candidatos de la ultraderecha como Abelardo De La Espriella.

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