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Álvaro García Jiménez

La política exterior de Petro: buenas ideas, malos resultados

En política internacional, Gustavo Petro no ha sido un presidente equivocado para leer el mundo. Ha sido, más bien, un presidente incapaz de convertir esa lectura —muchas veces acertada— en resultados concretos.

Los temas que quiso poner sobre la mesa durante su gobierno eran, en su mayoría, pertinentes. Normalizar las relaciones con Venezuela —más allá del reflejo ideológico previsible— era una oportunidad para avanzar en comercio y seguridad. Insistir en que la crisis climática debía dejar de ser un eslogan progresista para convertirse en una discusión real sobre deuda, energía y desigualdad no era una extravagancia, sino una conversación necesaria. Pedir el fin del conflicto en Medio Oriente no tenía nada de excéntrico: todo el mundo lo deseaba. Incluso su idea de conectar la política exterior con la paz total interna tenía lógica estratégica, si el narcotráfico como fenómeno global seguía siendo el combustible de la violencia. El problema nunca fue el diagnóstico. El problema fue Petro y su forma de tramitar los asuntos internacionales. Porque entre identificar correctamente un problema y construir una política eficaz hay una distancia inmensa. Y en esa distancia se consumió la política exterior de este Gobierno.

Los resultados están a la vista. Petro habla de liderazgo global y deja aislamiento regional. Habla de Paz Total y entrega más fragmentación armada e indicadores de violencia en ascenso. Habla de integración latinoamericana y acumula fricciones con varios socios relevantes: Argentina, Ecuador, El Salvador y Perú. Habla de Venezuela como pieza central de la estabilización fronteriza, pero no logró ni contener el desborde criminal ni convertir la normalización diplomática en una arquitectura efectiva de seguridad; de hecho, de allá —de esa frontera— vino la orden de matar a Miguel Uribe. A pesar de haber hecho suyo el tema, tampoco tuvo un papel relevante en las iniciativas de paz para Gaza. Y mientras pretendía elevar el tono moral de Colombia en el escenario global, terminó dejando episodios de improvisación diplomática, peleas por redes sociales y aislamiento innecesario. El diagnóstico podía ser razonable. La ejecución fue lánguida.

Ese ha sido el rasgo más constante de la política exterior del petrismo: lucidez retórica e impotencia práctica. Petro habita, en realidad, dos países. Uno existe en sus discursos internacionales: un país moralmente ambicioso, con vocación de liderazgo climático, capaz de hablar en nombre del Sur Global y de proponer una nueva arquitectura para la paz y la justicia internacional. El otro es el país real: el de las fronteras tomadas por economías criminales, el de una diplomacia errática tramitada en redes sociales, el de los aliados desconcertados y el de un Estado que denuncia el desorden del mundo mientras no logra administrar el propio.

Entre esos dos países —el que Petro imagina y el que Petro gobierna— se resumen los tropiezos de su política exterior. Colombia nunca fue una potencia, pero durante décadas cultivó algo más útil: previsibilidad. Y en política internacional, ser predecible no es un defecto menor, sino un atributo estratégico. Una diplomacia seria no consiste en hablar más duro que los demás —o gritar consignas con megáfono— sino en ser confiable cuando llega el momento de actuar. Colombia construyó durante años una reputación valiosa: respetaba los tratados, cuidaba las formas, separaba la retórica doméstica de la relación con el mundo y entendía que, en política exterior, la estridencia suele producir más costos que beneficios. 

La gran falla de Petro no fue poner sobre la mesa temas equivocados. Fue tener, en varios casos, razón en el diagnóstico y fracasar en casi todo lo demás. Tuvo razón al advertir que América Latina necesitaba reconstruir mecanismos de cooperación, pero no reconstruyó ninguno. “…Ser presidente de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) sirve para tres cosas: para nada, para nada y para nada…”: así —con frustración— se refirió Petro a la organización multilateral que él presidió durante un año. Al contrario, deja grietas profundas con varios vecinos relevantes. Tuvo razón al proponer otro camino frente al colapso venezolano, pero cambió la presión por indulgencia. Tuvo razón al insistir en que la seguridad ya no podía pensarse solo como control militar del territorio, pero debilitó la capacidad del Estado para ejercer autoridad justamente donde más se necesitaba: en las fronteras.

Ese es, quizás, el rasgo más característico del petrismo en política internacional: no el radicalismo, sino su frivolidad ejecutiva. Este Gobierno —con cuatro cancilleres en menos de cuatro años— logró convertir causas complejas en simples piezas de oratoria moral. Actuó como si nombrar un problema fuera equivalente a empezar a resolverlo. La política internacional de Colombia confundió visibilidad con influencia y la retórica literaria con el poder real. Y en política exterior, esa confusión se paga cara. Porque los países no se miden por la aspiración moral de sus discursos o las maromas oratorias, sino por la eficacia de sus resultados. Y la política exterior de Petro deja una lección incómoda: escoger bien los temas no sirve de nada cuando no se convierten en resultados, en influencia real. El hecho de que el presidente, su esposa y su hijo, así como el ministro del Interior terminen el gobierno incluidos en la Lista Clinton, indica que algo pudo haberse hecho mejor en política exterior.

PD: La discusión sobre la necesidad de incluir la política internacional en la agenda de la próxima elección presidencial ha cobrado relevancia con el lanzamiento de Colombia Global, un libro sólido y oportuno de Guillermo Fernández de Soto y Andrés Rugeles, dos diplomáticos experimentados y cabezas del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI), que proponen una ruta seria para pensar la seguridad y el desarrollo del país.

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