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Adriana Arjona

Los bufones del poder

El jueves pasado participé en un conversatorio en el marco de la FILBo que me hizo pensar en los personajes que hoy gobiernan el mundo, así como en quienes han gobernado a Colombia.

Hablé con Gernot Kamecke, quien tradujo y adaptó a la época actual la reconocida y controversial obra de Alfred Jarry, Ubú Rey.

Para quienes no la conozcan, Ubú Rey fue escrita en 1895 y cuenta la historia de Padre Ubú, un vulgar y grotesco capitán de dragones que, impulsado por la ambición de su esposa, la Madre Ubú, asesina al rey Venceslao de Polonia con el objetivo de usurpar su trono. A partir de ese momento, la monarquía se deforma (aún más), sobrepasando los límites de la grosería y el descaro. Ubú, movido por su avaricia, su cobardía y su estupidez, ordena ejecutar a nobles, jueces y campesinos con el único propósito de confiscar sus bienes y acumular riquezas. Impone impuestos a absolutamente todo, sin medir consecuencias, y el reino se convierte en un caos total.

La ‘gobernanza’ de Ubú es definitivamente absurda y violenta, pero, sobre todo, ciega e insaciable: su hambre de poder domina sus decisiones y poco le importa destruir las instituciones del país. Lo quiere todo y no piensa compartirlo. Y con su “máquina deserebrante” —así, mal escrita, como la torpeza de Ubú— logra paralizar a las masas.

Las cosas se complican cuando el único sobreviviente de la familia real regresa a reclamar lo que le pertenece, con el apoyo del Ejército ruso. La decisión de Ubú es ir a la guerra. Su estupidez le impide ver que está perdido. Tras una batalla tan caótica como su gobierno, en la que se evidencia su cobardía —pues quiere que otros luchen para después proclamarse héroe—, se ve obligado a huir.

Al final, no hay un castigo ejemplar para los usurpadores. Padre Ubú y su mezquina esposa se embarcan hacia Francia. Están listos para llevar sus miserables intenciones a otras tierras.

¿Algún parecido con la realidad de hoy?

Es increíble, pero una obra de teatro escrita hace más de un siglo retrata de manera casi exacta lo que sucede ahora. Y de eso se trata la traducción y adaptación Zar Dunuldo, de Gernot Kamecke. En su versión, Dunuldo, una estrella de televisión patética y corrupta, es convencido por su esposa Melquidania para tomar el control del gobierno de Canadá. Con la ayuda de un capitán y un ejército de máquinas embrutecedoras, lo logra. Y hace lo mismo que Padre Ubú: se proclama zar, porque rey no le alcanza, gobierna de manera despótica, cobra impuestos hasta por respirar, y usa el país como su propiedad personal. Causa caos mundial, empobrecimiento, guerras. Como en una utopía que tal vez no veremos, las Naciones Unidas intervienen contra el dictador, que muestra más y más síntomas de enfermedad mental. Al final, Dunuldo y Melquidania flotan sin rumbo en el mar. Sin rumbo, pero también sin castigo. 

Lo más preocupante, como le comenté al autor en la FILBo, es que hoy vemos muchos Ubú Rey en el mundo. No solo está Dunuldo. Está también Milei, Zelenski y Bukele, por nombrar solo a unos cuantos. Gobernantes que de manera irresponsable y siniestra pasan por encima de los derechos de la gente y se apropian de los países que gobiernan, sin exhibir ningún tipo de vergüenza. 

Y es que ahora el ridículo parece alimentarlos en lugar de destruirlos. Por eso vemos a un Trump haciendo bailecitos infantiles, a Milei dándoselas de rockstar en el Luna Park, o a un candidato presidencial como Abelardo de la Espriella haciendo una entrada “triunfal” en cada presentación en plaza pública con un pasito de baile que coincide con un redoble de tambores.

Estas caricaturas andantes suelen ser groseras e insultantes, como lo exhibe Ubú a lo largo de toda la obra. Alfred Jarry comienza con la palabra inventada Merdre (mierdra, en español), que evidencia una ruptura total con la etiqueta. Muchos de los gobernantes y candidatos de hoy utilizan también un lenguaje repleto de agravios, apodos e hipérboles, porque no les interesa argumentar, sino demoler a sus oponentes.

Pero estos personajes no se limitan al presente. Hoy tenemos a un expresidente colombiano, exestrella de la televisión como Zar Dunuldo, que, hambriento de poder y de roce con la alta sociedad, parece haber caído bajo. ¿Tan bajo que no quiere dar explicaciones?

Andrés Pastrana, a quien le parece terrible el acuerdo de paz que él tanto quiso firmar, pero lo dejaron con los crespos hechos; el que lloró como un niño malcriado cuando perdió la elección presidencial contra Ernesto Samper; el que acusó de paramilitar a Uribe, pero pronto lo olvidó e hicieron las paces, no da la cara frente a su aparición en el escándalo de Jeffrey Epstein ni sobre las fiestas con niñas de 12 años de edad. Tampoco se pronuncia sobre sus aventuras con Ghislaine Maxwell en un Black Hawk del Ejército colombiano, con el que sobrevolaron y desde el cual, presuntamente, dispararon contra colombianos, criminales o no.

Pastrana evade su responsabilidad de manera cobarde, como sucede en Ubú Rey. Con el mismo descaro pasa indemne Trump, con la misma sinvergüencería Milei sigue rifando la Argentina, con la misma impunidad sigue matando Netanyahu en Líbano y en Gaza. Y todo esto le ha bajado el volumen a la teatralidad de Zelenski y al villano Putin. 

Lo que sorprende es que, como en la obra de teatro escrita hace más de cien años, el mundo observa a través de la “máquina deserebrante”, que viene siendo el algoritmo, y no hace nada.

Cuando Ubú Rey fue presentada por primera vez en 1896, causó gran conmoción. Para algunos académicos y expertos en artes escénicas, marcó un antes y un después en la historia del teatro. Se dice que, más que una función, fue una revolución que derribó las convenciones que dominaban aquella época.

¿Seremos nosotros capaces de una revolución? ¿Podremos destronar a esos tiranos hambrientos, desmesurados, incoherentes y patéticos que nos hacen vivir una farsa grotesca? ¿Cuándo dejaremos de elegir a estos antihéroes sin ninguna cualidad redimible para que nos “gobiernen”, es decir, para que nos abusen, nos destruyan, se inventen guerras para hacer negocios, creen amenazas para manipular la bolsa a su favor y nos roben hasta el aire que respiramos?

Como en Ubú Rey, la obra se trata más de nosotros que del personaje. ¿Seremos más estúpidos que el más estúpido? ¿Cómo ponerle fin a la parodia?

Finalización del artículo

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