
Un reportero con la tenacidad para ir hasta donde ocurren los hechos. Eso era Mateo Pérez Rueda. Sin salario, sin jefe de Redacción, sin protocolos de seguridad, sin el respaldo y la credencial de una marca conocida de los medios de comunicación. Solo un joven de 25 años con una cuenta en Instagram y otra en Facebook, convertidas en la revista _El Confidente,_ para contar lo que ocurría en su pueblo, Yarumal, y en su región, el norte de Antioquia.
De manera involuntaria, ese anónimo estudiante de ciencia política de la Universidad Nacional con vocación de periodista se convirtió el martes 5 de mayo en símbolo de la brutalidad de las disidencias de las Farc que tienen como jefe a alias Calarcá (Alexander Díaz Mendoza). Lo detuvieron, lo torturaron y le dispararon en la vereda Palmichal, de Briceño, adonde había ido para documentar la violencia, el confinamiento y el miedo que viven los habitantes de esa población.
Como debía ser, los medios de comunicación masivos, que no sabían de la existencia de ese apasionado reportero yarumaleño, se refirieron a Mateo como lo que era: un periodista. Y uno de los que constataban la realidad en el terreno.
Aunque el reconocimiento le llegó tarde, cuando ya estaba muerto, es el homenaje más honesto que los periodistas podemos hacerle a Mateo. Más allá de Yarumal muy pocos lo conocían, y hoy lo conocemos todos.
La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) sí sabía de él porque la había contactado un par de veces. En el 2024, para denunciar acoso judicial —tutelas y citaciones a conciliación—, tras una publicación que hizo sobre presuntas irregularidades en las ferias empresariales de Yarumal; y en el 2025, para denunciar que en el hospital le estaban obstaculizando el acceso a la información.
Pero al adentrarse en la zona rural de Briceño el pasado 5 de mayo, a pesar de las advertencias de la Policía y del Ejército sobre los riesgos que corría, ese joven reportero, hijo de una maestra y un comerciante, estaba haciendo mucho más que periodismo. Lo que hacía era un acto de resistencia pacífica ante las disidencias de ‘Calarcá’, las de alias Mordisco y el Clan del Golfo, que se están disputando el control del norte de Antioquia.
Al emprender el viaje en su moto para buscar los testimonios de los atormentados campesinos, Mateo hizo evidente que se oponía, pacíficamente, al relato que quieren imponer los grupos armados ilegales, que hoy controlan lo que se dice y lo que se hace en Briceño y en otros lugares de Colombia.
También, por qué no, el acto de resistencia pacífica de Mateo estaba dirigido al Estado, que no ha mostrado capacidad para proteger y liberar a los pobladores de muchas regiones del país de la barbarie de las disidencias de las Farc y demás bandas criminales que controlan grandes territorios.
En medio de este caso es insólito que las Fuerzas Armadas no pudieran ingresar por tierra a la vereda donde fue asesinado Mateo y que, después de varias gestiones extraoficiales con los propios asesinos del periodista, pudiera solo entrar para recuperar sus restos una comisión humanitaria compuesta por integrantes del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y la Defensoría del Pueblo.
Colegas periodistas con los que hicimos reportería en la década del 90 en complejas zonas de orden público del país se sintieron reconocidos en el inquieto reportero de Yarumal. No les falta razón. Pero nosotros, a diferencia de Mateo, teníamos salario, garantías laborales y un medio de comunicación que nos respaldaba.
Por donde se le mire, el asesinato del periodista Mateo Pérez Rueda es descorazonador. Y también lo es que más de 30 años después Colombia haya cambiado tan poco a pesar de la ilusión que nos creó el acuerdo de paz con las Farc. Incluso, parece haber más brutalidad. ¿O cómo llamar lo que las disidencias de alias Calarcá le hicieron al hijo de una profesora y un comerciante de Yarumal que sólo quería contar los que viven día a día los habitantes de su región?
Mateo retrata, además, las fortalezas, pero también las debilidades del nuevo periodismo. No necesita una marca, no necesita una plataforma ajena, solo las ganas de visibilizar lo que ocurre. Pero es un periodismo sin garantías.
Mateo quería contar las historias, no ser un símbolo de la violencia. Mucho menos, sacar provecho político. Por eso es imposible terminar esta columna sin lamentar que varios candidatos presidenciales hayan usado el caso del periodista para atacarse y venderse como mejores que el otro.
La tragedia de Mateo Pérez Rueda refleja con contundencia la porfiada violencia de Colombia y la desprotección de los periodistas que todavía se arriesgan a ir hasta donde ocurren los hechos, pero también la mezquindad que rodea la política electoral.
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