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León Valencia
Puntos de vista

El acuerdo nacional se produce si, y solo sí, hay una necesidad imperiosa y una voluntad inquebrantable

Veo a Iván Cepeda insistiendo una y otra vez en el acuerdo nacional. Lo dice en cada plaza pública ante miles de seguidores, lo repite en cada entrevista a los medios de comunicación, lo ha puesto en el corazón de su programa de gobierno. También Gustavo Petro habló del acuerdo nacional en su campaña y en el discurso del triunfo lo puso al lado de la paz como tema central y luego, al principio del gobierno, habló en varias ocasiones con el expresidente Uribe en procura de ese acuerdo y conformó un gabinete donde sus principales ministros provenían de toldas liberales o conservadores alentando ese propósito. No le pararon muchas bolas y muy pronto desistió de la consigna y se lanzó de lleno a la confrontación política con sus adversarios y está terminando su mandato en una dura controversia con una amplia gama de opositores. ¿Qué pasara si Cepeda gana la Presidencia? ¿Tendrá mayor audiencia en la derecha y en el centro del espectro político? ¿Tendrá la paciencia y el talante conciliador y no tirará la toalla en este empeño?

El Frente Nacional entre liberales y conservadores fue el último gran pacto político y social del país. Fue una iniciativa liderada por el partido que había llevado la peor parte en la violencia de los años cincuenta, el partido víctima de esa confrontación, el Partido Liberal; y a la cabeza de ese partido estuvo Alberto Lleras Camargo, paradigma del diálogo y la moderación. Pero no bastó esa condición. El Partido Conservador sintió también esa necesidad; había sido desplazado del poder por el dictador Gustavo Rojas Pinilla y sus esfuerzos estaban irremediablemente divididos entre los seguidores de Laureano Gómez y los seguidores de Ospina Pérez. Incluso, Laureano, el más enconado radical, estaba en el exilio, en Sitges, una población en la costa del Mediterráneo, cercana a Barcelona, hasta donde fue a buscarlo Alberto Lleras y con ese gesto arrancó el acuerdo. 

Se presentaban, además, otras dos condiciones que empujaban al acuerdo: había terminado la Segunda Guerra Mundial y las fuerzas contendientes estaban en trance de acuerdos para forjar organismos internacionales que permitieran regular las relaciones entre los países y apaciguar los conflictos entre las naciones; y, en Colombia, estaba despuntando la producción de café como principal rubro de exportación y base del progreso que urgía tranquilidad en los campos y mesura en los corazones. 

Debo decir que la Constituyente y la Constitución de 1991 tuvo también características de un gran acuerdo nacional. Sólo que este pacto se tramitó en el seno de un organismo integrado mediante votación universal y sin un previo consenso entre fuerzas enfrentadas. Fue, en realidad, un pacto implícito para honrar el acuerdo de paz entre unas guerrillas y el gobierno de Cesar Gaviria Trujillo. 

Iván Cepeda ha dicho que el principal problema a abordar en el acuerdo nacional es la violencia, las mafias, el narcotráfico, es decir, un monstruo de varias cabezas. Pero no es el único: están las reformas sociales, la corrupción y la normalización y ampliación de la democracia. Lo dice desde la condición de víctima, desde un dramático caso propio, el asesinato de su padre, pero también desde la condición de miembro de un partido político: la Unión Patriótica, a la que le asesinaron dos candidatos presidenciales y más de 6.000 militantes. Es decir, tiene una motivación parecida a la que tenían los liberales en los años cincuenta. No obstante, ¿tendrá el liderazgo, la moderación y la persistencia de Alberto Lleras Camargo? 

Pero, aún en el caso de que Cepeda tenga estas virtudes y su partido —el Pacto Histórico— la férrea voluntad de alcanzar el acuerdo, no será suficiente para lograrlo. Será imprescindible que una gran variedad de fuerzas empresariales, políticas y sociales sientan la necesidad del acuerdo nacional y se dispongan a luchar por su realización. La situación del país ha cambiado de manera ostensible desde aquel histórico 1958 cuando arrancó el Frente Nacional. La representación del país no descansa en dos partidos, y hay un complejo entramado de fuerzas que concurren a la representación de la nación y las regiones. 

La derecha no ha sentido la necesidad de un acuerdo nacional en los últimos treinta años. Uribe encontró en las Farc un enemigo cierto con la pretensión de llegar al poder; una fuerza que inspiraba miedo y que, poco a poco, con la utilización del secuestro y el ataque a la población civil, fue deslegitimando su proyecto político y ganándose el repudio de amplios sectores de la población. Con ese enemigo ideal, Uribe ha hecho política hasta hoy, cuando llama a Cepeda heredero de las Farc y apela al viejo miedo a la subversión para enfrentar a la izquierda. 

La derecha vio la llegada de Petro a la Presidencia como un desafortunado paréntesis. Un momento de desvarío de la opinión. No quiere creer que hay un cambio profundo en las preferencias políticas en el país y que la izquierda llegó para quedarse unas veces como gobierno y otras como oposición legítima y con gran arrastré en amplios sectores de la población. 

En el momento en que la derecha acepte esta realidad, considerará la posibilidad de acceder a un acuerdo nacional para superar problemas estructurales que producen víctimas por doquier, frenan el desarrollo y alimentan una democracia precaria. Es probable que este estado de conciencia llegue en el próximo periodo presidencial ya sea por que gane la izquierda en cabeza de Iván Cepeda y Gustavo Petro o porque gane la derecha y una inteligente y vigorosa oposición de izquierda la convenza de que el país necesita con urgencia un nuevo pacto de convivencia. 

Ayudaría mucho, en todo caso, que las fuerzas del centro político se pusieran en la tarea de buscar el acuerdo nacional. Serían, en realidad, las más beneficiadas de un pacto de esta naturaleza. Si la grave polarización del país persiste, las probabilidades de que las fuerzas del centro lleguen a la Presidencia son pocas. Durante el Gobierno de Petro los líderes del centro político se dejaron arrastrar al antipetrismo y, simplemente, le llevaron agua el molino de la derecha que terminó capitalizando la crítica sin cuartel al primer gobierno de la izquierda. 

Como pueden ver, estamos aún muy lejos aún de un gran acuerdo nacional. La mayoría de las fuerzas indispensables para ello no tienen todavía oídos para esta propuesta.

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