QUE EL PALO NO ESTÁ PA' CUCHARAS

En su empeño por asegurar la elección de su candidato a la Corte Constitucional, algunos miembros de la oposición recurrieron a la misma estrategia que terminó abriéndoles camino a los presidentes Chávez y López Obrador en su ofensiva contra el poder judicial: una campaña de desprestigio de la Corte. En efecto, para hacer elegir al hoy magistrado Carlos Camargo, se lanzaron a una pelea frontal con el Gobierno, poniendo en entredicho, sin fundamento ni pudor, la independencia de la Corte y de la magistrada María Balanta. Como era de esperarse, el presidente recogió el guante, pues pocas cosas le gustan más que un ring público. El lamentable enfrentamiento terminó con una victoria demoledora de la oposición, pero la verdadera perdedora fue la Corte.
Y no digo que fue una victoria de la oposición por la llegada de Camargo a la Corte, pues en realidad, y a pesar de la descarada intervención del Gobierno, ninguno de los otros candidatos hubiera sido un alfil del presidente. Y a lo mejor, incluso, si tenemos suerte democrática, Camargo no se comporta como un alfil de la oposición. La Corte Constitucional tiene la capacidad de templar carácter y quizá logre que actúe como un verdadero juez y defienda la Constitución por encima de intereses personales o politiqueros. En todo caso, sí hay que decir, frente a la magistrada Balanta, que resulta evidente y doloroso lo injusta que fue la campaña en su contra, especialmente teniendo en cuenta sus más de cuarenta años de destacada carrera judicial. Ni ella ni el país merecían lo que pasó. Veremos cuántas personas decentes querrán presentarse a una terna después de lo sucedido.
Pero digo que la Corte perdió porque narrativas como las impulsadas por miembros de la oposición alimentan la idea de que una institución que ha demostrado su independencia frente a todos los gobiernos, desde sus orígenes, en realidad estaría capturada por el poder político. Y de allí se desprende un mensaje aún más peligroso: que la única manera de que la Corte defienda intereses democráticos es mantenerla bajo el control de los políticos que a cada cual le gusten. Nada más contrario a la naturaleza contramayoritaria y judicial de un tribunal constitucional. Y nada más distante de lo que la Corte Constitucional ha demostrado hasta hoy: autonomía e independencia de los gobiernos de turno.
La campaña que vimos en las últimas dos semanas mina la legitimidad de la Corte y termina por arrastrar a la institución a la lógica perversa de la polarización, de la que hasta ahora había logrado mantenerse al margen.
Lo ocurrido en México debería ser estudiado con cuidado por quienes dicen defender las instituciones: poco a poco, poderosos políticos fueron erosionando la confianza en la suprema corte y López Obrador —más disciplinado que el presidente Petro— supo aprovecharlo. Al final de su gobierno y al inicio del actual, terminó vengándose de los jueces que habían frenado sus políticas arbitrarias, hasta lograr la captura total del sistema judicial. Por otros métodos, consiguió el mismo resultado que Chávez en Venezuela o Bukele en El Salvador: un poder sin contrapesos. Hoy en México no hay pleito que se gane contra Morena ni derecho que pueda hacerse valer frente al poder. El juez que no actúe como ficha del partido y se atreva a ser independiente puede ser removido sin contemplaciones por un tribunal de disciplina judicial totalmente controlado por peones morenistas. El reciente reporte Aumento del acoso judicial contra periodistas en México, de la organización Artículo 19, muestra lo que se viene para quien disienta o investigue la corrupción del poder. La disminución de la inversión de los mexicanos en su país es un claro indicador de la falta de confianza que esta nueva situación genera. En América Latina, sin cortes independientes, el mercado colapsa.
Nadie razonable debería premiar este tipo de campañas que no soportan un mínimo contraargumento basado en evidencia. En tiempos en que gobiernos autoritarios en todo el mundo buscan desmoronar las democracias, comenzando por desacreditar las cortes independientes, lo que necesitamos es sensatez y cordura. Que el palo no está pa’ cucharas.
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