
El lema del Plan Distrital de Desarrollo de la Alcaldía de Carlos Fernando Galán es ‘Bogotá camina segura’, lo que a estas alturas del mandato parece un contrasentido.
Hace menos de 48 horas, Diana Ospina regresó a su casa.
Como se ha informado, ella salió de Theatron, en Chapinero, en la madrugada del domingo 22 de febrero, abordó un taxi y desapareció. Al día siguiente, el alcalde reportó que había sido encontrada con vida y que había llegado al CAI Mirador. Su privación de la libertad estuvo marcada por la angustia y por retiros bancarios. Las investigaciones siguen en curso. Por ahora, se han recogido y analizado videos, y se han revisado los antecedentes de los conductores de los taxis involucrados. Uno de ellos ya había estado relacionado con un caso con muchas similitudes.
Las autoridades colombianas son expertas en aplicar eufemismos a los delitos. Llamaron ‘falsos positivos’ a crímenes de Estado, ‘pescas milagrosas’ a secuestros masivos y ‘paseo millonario’ a casos de secuestro simple. Los periodistas repetimos esos términos y así las audiencias terminan llamando las cosas por un nombre que no es correcto y que, además, pareciera disminuirle de alguna manera la gravedad a los hechos.
Esto fue un secuestro, una privación de libertad contra la voluntad, con violencia, traslados a la fuerza y robo.
La Alcaldía y la Policía han respondido con ‘zonas amarillas’ y operativos en sectores como Zona T, Modelia y Galerías, además de controles con Gaula, gremios y taxistas. Pero ¿por qué una zona como el entorno de Theatron, donde ocurrió el hecho, no estaba cubierta por esas intervenciones?
El caso de Diana, y hay que decirlo, muchos intuíamos que podía tener un desenlace muy doloroso, ocurrió semanas después del crimen de Neill Felipe Cubides, cuya desaparición y muerte nos sigue estremeciendo como ciudad y puso en el centro de la discusión pública esta modalidad.
Lo que es inexcusable es que, una vez más, las características del delito sean tan parecidas. Otra vez de noche, otra vez al abordar un vehículo de servicio público y otra vez en la misma localidad, Chapinero. No estamos hablando de prevenir y combatir delitos en extensas zonas de Bogotá. Se trata de la misma localidad y, en buena medida, de los mismos polígonos de rumba y restaurantes.
Diana regresó con vida. Sus secuestradores la dejaron abandonada en la carretera que de Bogotá conduce a Choachí. Según reveló el periodista Melquisedec Torres, la abandonaron descalza, después de vaciarle las cuentas. Diana pidió ayuda a varios conductores y, al final, uno decidió socorrerla y llevarla hasta el CAI, desde donde fue trasladada a su casa.
Las administraciones de la ciudad tienen una enorme deuda con los ciudadanos. Este delito lleva al menos quince años cometiéndose con características muy parecidas, en las mismas manzanas de siempre. A pesar del avance de la tecnología y de la destinación de millonarios recursos, es evidente que la lucha contra este delito no muestra resultados contundentes.
A agosto del año pasado, tres de cada 10 cámaras de videovigilancia de Bogotá no servían. Suele pasar que, después de una noticia como esta, vienen controles en las calles y patrullajes que no duran más de una semana. Luego, todo vuelve al letargo de siempre. Se necesita un compromiso real, inteligencia, tecnología y trabajo serio y responsable para desmontar las economías criminales que hacen cada día más difícil la vida de los bogotanos. Encerrarse o dejar de usar transporte en la calle no pueden ser opciones.
El control sobre vehículos y conductores debe ser permanente. A las empresas de taxis hay que exigirles medidas más estrictas de vinculación de conductores. Los pasajeros deben tener formas reales de verificar la identidad de quienes los recogen. Y ya es hora de que el alcalde Galán empiece a pensar en cambios drásticos, por lo menos en la Secretaría de Seguridad, y a indagar qué pasa con la Policía en Chapinero. No es por su popularidad, sino por el compromiso con las personas que lo eligieron con la promesa de una ciudad en la que se podía caminar de manera segura.
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