
Arsenio Lupin. La casa de papel. Robin Hood. Hemos visto hasta la saciedad las historias de ladrones “buenos”, justicieros, que hacen el bien y que exponen la corrupción de los gobiernos, de las empresas, de los individuos, que roban para dárselo a los pobres o engañan a la Policía, aunque luego terminan ayudándolos a dar con los verdaderos criminales.
Y hemos escuchado tanto esta historia que el robo de ocho piezas de joyería del museo del Louvre, ocurrido la semana pasada, nos parecen parte de esa misma fantasía y ya estamos relamiéndonos los bigotes, esperando la siguiente serie que hará Hollywood, o los franceses, o tal vez los españoles, sobre el robo que ocurrió en el museo más importante del mundo, a plena luz del día.
La historia es, ciertamente, cinematográfica. Dos ladrones usaron un ‘porta muebles’, una escalera que se usa en mudanzas cuando el ascensor no existe o es demasiado pequeño. Subieron hasta el segundo piso, rompieron una ventana, luego reventaron dos vitrinas y se llevaron lo que pudieron. Salieron por donde entraron y huyeron en dos motos de alto cilindraje, que los estaban esperando con sus respectivos conductores. Todo en menos de diez minutos. Todo sin disparar una bala y sin un solo enfrentamiento con los guardias de seguridad, a pesar de que había gente en la sala y las alarmas se activaron.
Lo que siguió fue una confusión en la que los unos y los otros comenzaron a culparse. El Gobierno francés señaló a la directora del museo, Laurence des Cars, por la falta de seguridad. Así mismo, el Estado fue blanco de críticas por los recortes presupuestales para la cultura y por la falta de entrenamiento adecuado de los guardias. Esos señalamientos mezquinos entre unos y otros lo único que hicieron fue contribuir a aumentar la fascinación perversa que ejerce el robo en el imaginario colectivo. No faltan los que hablan de un golpe “brillante” o terminan riéndose porque una institución tan venerable haya quedado despojada de toda dignidad.
Pero esto no es una película y aquí no hay ladrones buenos. Lo que ocurrió fue un acto criminal, perpetrado no por amantes del arte que querían rescatar un tesoro, no por altruistas que querían vengarse del Gobierno, no por rebeldes que buscaban exponer las fallas del museo, sino por personas que querían hacerse con millones de euros en joyas para poderlas vender para su provecho personal. Diamantes, zafiros y esmeraldas que eran propiedad del Estado francés, del mundo si se quiere, porque estaban expuestas para que las contemplaran todos, pasarán ahora a manos privadas. Las piedras serán cortadas de nuevo para que no puedan ser identificadas, el oro se fundirá, y nunca más se podrán recuperar estos tesoros que, más que joyas valiosísimas, son parte de la historia de un país. Una historia de lujos y de riqueza, pero también de desigualdad y de abuso. Una historia que se evidencia en esos objetos y que ya se perderá para futuras generaciones.
Sí, puede que sea una buena película, pero no cabe duda de que esta vez no debemos estar del lado de los ladrones.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios

















