
“Yo no me voy a morir de viejo”, me dijo el padre Antún Ramos y sentí un escalofrío. Hacía pocos minutos nos habíamos conocido, cuando compartíamos un taxi hacia el aeropuerto de Cali. El padre Ramos se había subido al carro cargando una caja, dos bolsas de basura negras y un pequeño morral, y a mí me pareció un equipaje extraño para alguien que estaba en una feria del libro promocionando su escritura.
“Soy el padre que sobrevivió la masacre de Bojayá”, me dijo, presentándose, como si fuera ese su nombre. De alguna manera lo es. Ese 2 de mayo de 2002, el padre Antún y su congregación terminaron en una iglesia que fue destrozada por una pipeta que lanzaron las Farc en un combate contra los paramilitares. Fueron cuatro días de horror en los que hubo cientos de muertos, entre población civil y combatientes, y el pueblo entero de Bojayá quedó atrapado en un templo al que habían ido a refugiarse de la balacera.
La masacre está grabada con fuego en la mente de los colombianos. En la frente del padre Antún está literalmente grabada, porque el cilindro de gas le golpeó la cabeza y lo dejó inconsciente un tiempo. Cuando despertó, fue como si hubiera nacido de nuevo, esta vez en el infierno. Esa es la historia que cuenta en su libro, Bojayá: relato del sacerdote que sobrevivió a la masacre, y que va por el mundo promocionando, cargado con unas bolsas de basura que tienen dentro unas botas pintadas con paisajes del Chocó, y un guacal donde lleva el Cristo que quedó, como todos en esa congregación, roto para siempre por la violencia.
El padre Antún quiso ser sacerdote desde pequeño, porque, en esos pueblos olvidados de los hombres, solo Dios puede ayudarlos. Creció viendo la labor misional de los curas en el Chocó y decidió que era la única forma de darle algo a la comunidad. No solo alimento espiritual, sino carreteras, luz eléctrica, salud: esas cosas básicas que nunca han tenido y que el Gobierno continúa negándoles.
En el recorrido hacia el aeropuerto, el sacerdote me contó brevemente la historia de su libro, de su búsqueda, de su misión eclesiástica y, sobre todo, se extendió en la realidad de un país que ha vuelto a la guerra. Bojayá votó mayoritariamente por el ‘Sí’ durante el plebiscito que hizo el presidente Santos luego de firmar la paz con las Farc, y durante un tiempo breve la comunidad pudo respirar de nuevo, progresar, dormir tranquila. Pero luego la cosa comenzó a empeorar y ahora están como antes, asediados por los diversos bandos que se disputan el control de la región y viviendo en la zozobra.
La labor del padre Ramos va más allá de decir misa. Es un líder, negocia con unos y con otros, protege a su comunidad y termina siendo una figura de autoridad y respeto en un lugar donde rige la ley del más fuerte. Tal vez es por eso por lo que no usa sotana, sino que va por el mundo ‘camuflado’ con jeans y camiseta, con una gorra y unos lentes de sol, para que no lo maten quienes dicen que defiende a uno o a otro bando, cuando en realidad él solo está del lado de su pueblo.
Cuando me bajé del taxi salí corriendo a comprar su libro. Lo leí con el corazón desgarrado y sin dejar de llorar un minuto. No solo por lo que ocurrió en Bojayá hace 23 años, sino porque sigue ocurriendo. Porque hay quienes no entienden que no merecemos más sangre. Pero también lloraba porque hay héroes como el padre Antún, que todos los días, por convicción, por amor, por una capacidad de entrega infinita, ponen su esfuerzo y su energía en ayudar los demás, a sabiendas de que algún día serán ellos las víctimas. Lo alcancé en la fila del equipaje, adonde llevaba su Cristo enguacalado y sus botas coloridas para que me firmara el libro, porque yo, que soy agnóstica, estoy convencida de que tuve la fortuna de haber conocido a un ángel.
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