
Cuando entré a trabajar en el periódico El Tiempo, a fines del siglo pasado, me entregaron un manual de escritura que era grueso como una biblia de Gutemberg y que contenía todo lo que era y, sobre todo, lo que no era correcto escribir en una institución tan prestigiosa. Había, además, un departamento llamado ‘Corrección de estilo’, donde unos expertos leían palabra por palabra, línea por línea, de cada texto y se aseguraban de que los periodistas no fuéramos a cometer errores lingüísticos ni ortográficos. Buscaban, en resumen, un español perfecto. Pero ¿qué es un español perfecto? ¿dónde se habla eso?
En España dicen que el de ellos es el correcto y constantemente nos corrigen, a los latinoamericanos, por ignorantes. En Colombia decimos que hablamos el español más puro (no sé qué significa eso, en realidad) y nos burlamos de los otros países del continente, donde dicen cosas que nos suenan raras. En las ciudades desestimamos la forma de hablar de las comunidades rurales, por considerarla menos “culta”, menos “educada”, menos “elegante” que la nuestra.
La lengua ha sido, supongo, desde hace muchos años, un vehículo para diseminar el clasismo, el racismo y el sexismo, lo que convertiría al español en un arma muy poderosa, porque la hablan más de 500 millones de personas en veinte países del mundo.
El libro El ingenio de tejer palabras: un viaje al centro de la lengua, de Carlota de Benito Moreno, nos desbarata todos esos mitos y nos enseña que, antes de juzgar, tenemos que aprender de dónde vienen los usos que les damos a la palabras, porque puede ser que aquel campesino que miramos por encima del hombro hable en realidad un castellano medieval, más parecido al idioma que hablaba Cervantes que el nuestro. O que los jóvenes hayan acuñado un término que hoy nos parece absurdo, pero que, en diez, o cien años, sea de uso común. Unas por viejas, unas por nuevas, otras porque son tomadas de otras lenguas, otras porque son ajenas a nuestra cultura, lo cierto es que las palabras son distintas para cada uno y, como dice De Benito Moreno, no hay error en la forma de hablar. Solo diversidad.
Que si se dice haya o si se dice haiga. Que si se dice el calor o la calor. Que si se dice previendo, aunque se diga proveyendo. Los grafitis, las formas de hablar de las regiones, los acentos, los dichos y las palabras acuñadas en las diferentes comunidades, añaden, más que quitar, a la riqueza del lenguaje, a la multiculturalidad, a la diversidad de costumbres y de historia que tenemos. Y esa es la gracia del lenguaje, que debe ser un vehículo para aprender de los demás, en lugar de discriminarlos. ¿Quiénes somos nosotros para emitir un juicio sobre lo que está bien y lo que está mal? ¿Qué academia de la lengua puede dictar cátedra sobre lo correcto cuando lo correcto cambia todos los días? El idioma es algo vivo. El idioma evoluciona. Y nosotros podemos escoger si somos incluyentes con él o si caemos en la estigmatización.
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