
ChatGPT no es un psiquiatra. No está diseñado para serlo, no tiene el conocimiento, ni la empatía, ni la intuición, para aconsejar a quienes tienen problemas de depresión o tendencias suicidas, y sin embargo cada vez más jóvenes lo usan para contarle sus problemas, sus más oscuros pensamientos, o simplemente para sentirse acompañados.
Vivimos sin duda una crisis de salud mental. Tal vez no sea nada nuevo, sino que antes nos costaba más trabajo identificarla, o a lo mejor sí hay elementos que contribuyan a profundizarla, particularmente en los jóvenes. La sensación de apocalipsis desde la pandemia, sumada a las guerras y la violencia en el mundo y al constante acoso en las redes sociales, nos han convertido en una sociedad volátil, desconfiada, que mira al futuro con incertidumbre y a sí misma con asco. Y muchas veces los chicos no tienen las herramientas para lidiar con los cambios de la adolescencia en un mundo que pocas veces les proporciona un piso sólido en el cual apoyarse.
Ya en Estados Unidos han aparecido casos que comienzan a preocupar a los expertos en salud mental. Varios jóvenes se han suicidado y sus padres han encontrado en sus teléfonos largas conversaciones con ChatGPT, en las que hablaban de la posibilidad de acabar con sus vidas. El último caso fue el de un chico llamado Andrew Raine, cuyos padres demandaron a OpenAI, la compañía que creó ChatGPT, porque esta herramienta de Inteligencia Artificial no solo no le aconsejó a Andrew que buscara ayuda, sino que le enseñó a hacer el nudo con el que terminó ahorcándose. Los chatbots están programados para sugerir que sus usuarios busquen ayuda profesional si tienen pensamientos suicidas, pero no siempre funcionan así. Luego de la muerte de Raine, OpenAI emitió un comunicado en el que aceptó que “las interacciones largas pueden hacer que partes del entrenamiento de los modelos se degraden”. Esto significa, en términos más prosaicos, que ChatGPT no siempre entiende las señales de alerta.
Y es obvio, porque por más inteligente que sea, continúa siendo artificial. No hay contacto humano, no hay corazón, no hay intuición ni un lazo que se fortalezca. Esto es algo que no puede hacer ―todavía― una máquina. No puede reemplazar un amigo, y ciertamente no puede reemplazar un terapeuta.
Hace algún tiempo leí de una iniciativa de la fundación Bluemind, que implementó en Togo un programa de entrenamiento psicológico para 150 peluqueras, que han recibido capacitación en apoyo emocional, reforzando sus habilidades de escucha activa para que puedan detectar señales de alerta en sus clientas y brindar apoyo emocional, y me pareció una iniciativa brillante (a pesar de las críticas de los terapeutas), porque las mujeres hemos tenido tradicionalmente una relación de intimidad y confianza con nuestras peluqueras. Y si estas mujeres, que siempre han sido expertas en escuchar, también aprenden a tomar acción, no solo están reforzando lazos de amistad sino que están ayudando a muchas víctimas de abuso, de maltrato o con depresión a salir adelante y buscar ayuda.
Ya es hora de que los gobiernos, las entidades educativas y los expertos en salud comiencen a buscar alternativas creativas como esta de Togo, para que los jóvenes puedan buscar ayuda fuera del universo virtual y se reconecten con la realidad humana. Pero la responsabilidad no está solo en las instituciones, sino también en los padres, que deben aprender a despegarse de sus propios celulares y escuchar a sus hijos, porque hay que reconocer que, si todos seguimos obsesionados con la virtualidad, vamos a acabar con el mundo real.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios

















