
Mi mejor amiga, qué digo, mi hermana, es corresponsal de guerra. Cuando viene a visitarme (siempre de prisa porque tiene que viajar a Kiev o a Teherán) lleva en su maleta el casco y el chaleco antibalas, y parecen dos elementos fuera de lugar en un equipaje planeado para las vacaciones. Cada vez que nos despedimos, lo hacemos con lágrimas en los ojos, con la incertidumbre del próximo encuentro, porque ambas sabemos los riesgos de su trabajo.
Ser periodista de guerra en estos tiempos no es fácil. Se podría decir que es uno de los oficios más peligrosos del mundo, porque en los conflictos actuales no se respeta a la población civil y los periodistas se han convertido en blancos. Una prueba de ello es que desde 2023, cuando comenzó la guerra entre Israel y Hamas, han muerto ―solo en ese conflicto― casi 200 periodistas según cifras de la CPJ (Comité para la Protección de los Periodistas).
Desde el comienzo de la guerra, Israel ha prohibido la entrada de periodistas internacionales a Gaza, tal vez en un intento de controlar la narrativa. Los medios alrededor del mundo han debido entonces contratar periodistas freelance palestinos para que trabajen con ellos. Así, Reuters, AP, Al Jazeera y otros canales que reportan en directo desde Gaza, tienen a un grupo de reporteros locales, que no solo se arriesgan a diario para llevar las noticias, sino que sufren lo mismo que la población civil: hambre, desplazamiento, pobreza y, por supuesto, son víctimas de ataques del ejército israelí, algunos intencionales, otros calificados como errores por el Gobierno de Netanyahu.
El último de estos “errores” ocurrió en un bombardeo al centro hospitalario Nasser el pasado 25 de agosto. En realidad, fueron dos bombardeos. El primero, según explicaron las fuerzas israelíes, tenía como objetivo destruir una cámara que en teoría pertenecía a Hamás y que estaba registrando los movimientos de los soldados. Apenas explotó el primer misil, mató a un periodista de Reuters que se encontraba transmitiendo desde el lugar. Sus colegas, así como miembros de la defensa civil, corrieron a rescatar a los heridos y se encontraban allí cuando impactó el otro misil, matando a cuatro periodistas más y a 15 civiles.
Dentro de las víctimas se encontraban los camarógrafos Hussam al-Masri y Mohammad Salam, los periodistas freelance Moaz Abu Taha y Ahmed Abu Aziz y la periodista visual Mariam Dagga, de 33 años, que trabajaba para AP y que había conmovido al mundo con sus fotografías de bebés que habían sido víctimas de la guerra. Mariam, madre de un chico de trece años, se encontraba particularmente conmovida por las repercusiones que ha tenido este conflicto en los menores y ahora es su hijo el que tiene que vivir esas consecuencias.
A pesar de que la ONU ha condenado los asesinatos de periodistas, los mismos medios de comunicación han sido tibios a la hora de hablar de esto, quién sabe si porque los periodistas abatidos son palestinos o porque la muerte violenta es parte de la descripción de un trabajo como este. Lo cierto es que no parece ser un tema relevante ni en la prensa mundial ni en las organizaciones de derechos humanos. Sin embargo, lo es. Porque si se callan las pocas voces que reportan desde el interior de Gaza (o de cualquier otra guerra), estamos condenados a confiar en la narrativa de un solo lado, y entonces tal vez nunca sabremos la verdad de lo que ocurre.
Pero también porque ―y esto no lo podemos olvidar― esos casi doscientos hombres y mujeres que han sido asesinados en medio de sus labores como periodistas son, como otros civiles, seres humanos. Con familias, con amigos y parientes que, como yo, los han despedido con lágrimas en los ojos sin saber si los van a volver a ver con vida.
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