Ir al contenido principal
Marta Orrantia
Puntos de vista

Verdades de un discurso delirante

En Colombia estamos acostumbrados a los delirantes discursos presidenciales, que pasan de las matemáticas a la literatura y de ahí al sexo o a la discriminación contra la mujer. Sin embargo, el que se ganó el premio para la intervención más bizarra esta semana fue el presidente Trump, que se dirigió durante casi una hora a los miembros de la ONU durante la Asamblea General y tocó temas que iban desde el daño que sufrió una escalera eléctrica hasta afirmar que “sus países se van a ir al infierno”. 

Trump se subió al podio “cargado de tigre”, como se dice. No había tenido un buen día, porque, en efecto, la escalera eléctrica en la que se movilizaba hacia el recinto donde estaban reunidos los países, se quedó varada con el presidente de Estados Unidos en la mitad del trayecto. Por si fuera poco, su teleprónter se dañó (se ha especulado que fue un intento de saboteo) y tuvo que improvisar su discurso, y finalmente, estaba furioso porque varios países a los que él consideraba sus aliados desobedecieron el mandato del “todopoderoso” y reconocieron la existencia del Estado palestino, algo que había sido impensable hasta hace pocos meses. 

El presidente despotricó contra todos. Dijo que el cambio climático era “el engaño más grande que ha visto el mundo” y a quienes creen en él los tildó de estúpidos. Habló del “hermoso y limpio carbón” y declaró que el cristianismo es la religión más perseguida del planeta. Criticó a los gobiernos musulmanes en occidente, volvió a lanzar amenazas contra Venezuela y, como un Quijote moderno, arremetió contra los molinos de energía eólica. 

Pero en medio de esta andanada de frases aparentemente inconexas, incongruentes y hasta hilarantes, dijo una cosa cierta. Lo único que hace la ONU “es escribir cartas con un lenguaje fuerte y hablar con palabras vacías”. Él se refería al papel casi nulo que han jugado las Naciones Unidas en conflictos que, según Trump, había tenido que resolver en su tiempo libre. Pero más allá de eso, la afirmación puede interpretarse de otra manera. 

La ONU, en efecto, no tiene dientes. Rusia sigue siendo miembro del Consejo Permanente de Seguridad (¡habrase visto!) después de haber atacado a Ucrania; y a pesar de que Francia, Reino Unido, Australia y Canadá reconocieron el Estado palestino, el espaldarazo, si bien manda un mensaje potente, es meramente simbólico.

Desde que Palestina se declaró Estado en 1988, ha recorrido un enorme camino en la diplomacia mundial. Hoy, las tres cuartas partes de las Naciones Unidas reconocen a Palestina como Estado, y estas últimas muestras de apoyo son más de una retaliación contra Netanyahu y su forma de actuar en Gaza que un apoyo irrestricto a Hamas, como ha dicho Trump. 

Sin embargo, aquí no ha pasado nada, porque puede ser que casi todos los países crean que Palestina es un Estado, y eso no significa mayor cosa. Ni siquiera se ha avanzado al siguiente paso, que sería que Palestina fuera un país miembro de la ONU, porque para que eso ocurra debe ser aprobado por nueve de los 15 Estados miembros del Consejo de Seguridad y, aún más, no puede ser vetado por cualquiera de los cinco miembros permanentes del mismo Consejo. China, Rusia, Francia e Inglaterra lo han reconocido, pero el quinto es Estados Unidos, que siempre se ha negado. 

Me pregunto, por otro lado, de qué serviría si Palestina hiciera parte de la ONU. ¿Arremeterían los países contra Netanyahu? ¿Se declararía la paz? ¿Habría acaso más comida en Gaza? A Ucrania, por ejemplo, le ha servido muy poco. Aparte de las famosas cartas airadas que cita Trump, y que son tan comunes que no generan ni noticias, las Naciones Unidas solo parecen servir para que los presidentes den discursos delirantes.

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales