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Marta Orrantia
Puntos de vista

Vienen por todos

Alex Pretti no salió esa mañana a la calle con la intención de convertirse en un símbolo. Quería nada más filmar las protestas, ser un testigo de la violencia de ICE, tal vez subir los videos a una red social. Pero un agente lanzó gas sobre una mujer y Pretti hizo lo que tenía que hacer, lo que lo habían enseñado a hacer. Ayudó. Total, él era enfermero y no podía dejar a una mujer tendida sobre el suelo nevado, entonces intentó darle una mano. Y ese fue su fin. 

Los agentes de ICE lo acorralaron, lo tumbaron de cara frente al pavimento y lo asesinaron con diez disparos, mientras él sostenía en una mano sus gafas y en la otra su teléfono celular. 

“Terrorista”, lo llamaron. “Criminal”, dijeron, en un intento desesperado por cubrir la realidad. Pero alguien más estaba también filmando, y en ese video se ve claramente lo que ocurrió: un asesinato a sangre fría. Esa realidad se impuso más allá de la narrativa mentirosa de la Casa Blanca y por primera vez en mucho tiempo, Estados Unidos vio las consecuencias de haber elegido a un presidente como Donald Trump y haber apoyado sus políticas antiinmigración. 

No es que ICE –la policía de fronteras– no hubiera actuado de manera violenta antes. Habían asesinado a una mujer también en el mismo estado de Minnesota días atrás, habían arrestado a un niño de 5 años, habían tirado a patadas una puerta para entrar en una casa sin una orden judicial, habían maltratado y humillado a cientos de personas y hoy en día tienen a miles de inmigrantes hacinados en cárceles a la espera de una deportación a sus países de origen o a cualquier otro que los reciba, como si fueran desechos. 

Todo eso hicieron. Todo eso siguen haciendo. Y el pueblo estadounidense, en su mayoría, guardaba silencio, porque eso era algo que les ocurría a los otros, como en el poema de Martin Niemöller, que comienza diciendo: “cuando vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista…”, y termina con estas palabras: “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie que pudiera protestar”. Hasta hace unos días las víctimas habían sido los inmigrantes, las mujeres, los pobres y los que no tienen voz. Pero un varón blanco estadounidense, eso no. Nunca. Hasta que llegó Pretti con su cámara. Hasta que llegaron a buscarlo.

El asesinato ocurrió luego de que un guardia de ICE descubriera que Alex Pretti, que para ese entonces estaba reducido por un grupo de agentes y tirado en el piso, llevaba una pistola. Un arma para la que tenía permiso. Un arma que nunca desenfundó, ni trató de usar, ni con la cual amenazó a nadie. Ellos mismos, los republicanos, los agentes de ICE, Trump, habían defendido (por lo menos hasta hace dos días) el derecho a portar armas, el mismo derecho que ejercía este enfermero de 37 años que fue a filmar una protesta. 

El video muestra que le quitan el arma, que se la llevan lejos y entonces, solo entonces, comienzan a sonar los disparos. Alex Pretti era un hombre tumbado en el piso, que sostenía un celular en una mano y unas gafas en la otra. Un ciudadano indefenso. 

Y así fue como se convirtió en un símbolo. En el símbolo de que nadie, absolutamente nadie, está a salvo en el Estados Unidos de Trump. Los agentes de ICE no respetan la Constitución, los derechos humanos, la propiedad privada. No respetan la edad, el género y ahora ni siquiera respetan a los suyos propios. 

La venda se cayó. Muchos estadounidenses, que vieron cómo mataron a uno de los suyos, se preguntan si no habrán llegado demasiado lejos. Tal vez este sea el punto de inflexión que el país necesite para darse cuenta de que cometieron un error. Un error que nos ha costado a todos en el planeta, pero que a ellos mismos puede haberles salido carísimo, porque tarde o temprano van a venir por ellos también.

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