
Benito Antonio Martínez Ocasio era un niño cuando una profesora lo obligó a disfrazarse de conejo de pascua. Le puso unas orejas grandes y estaba tan furioso con el atuendo que todos lo empezaron a llamar “conejo malo”. Bad Bunny.
A sus 31 años, el cantante puertorriqueño es el artista más importante del mundo, y el que más reproducciones tuvo en Spotify (casi veinte mil millones) en 2025. Es un tipo poderoso, Bad Bunny. Pero su poder no viene de los likes ni de la cantidad que vende. Esa música pegajosa con la que los adolescentes perrean a todo volumen tiene un mensaje mucho más profundo. Bad Bunny habla de su país, de la inequidad, del racismo y, créanlo o no, del respeto a la mujer.
Este es el año de Bad Bunny, el Año del Conejo, pero no solo porque lo oyen en todo el mundo millones de personas, sino porque este hombre se ha convertido en un símbolo de América. Así. Con la tilde. A diferencia de la otra America, la gringa, la que no tiene tilde, y que hasta este día muchos estadounidenses piensan que es la única que existe.
En su gira mundial, Bad Bunny evitó ir a Estados Unidos (estuvo solo en Puerto Rico) para que sus compatriotas y todos los hispanos que lo siguen no tuvieran que entrar a ese país a escucharlo, y no tuvieran miedo de ser deportados.
La suya es una pelea de frente contra ICE (la policía de fronteras, que en el último año ha deportado 600.000 personas de los Estados Unidos). Tanto es así, que, en la ceremonia de los Grammy, donde ganó el premio al Mejor Álbum del Año por Debí tirar más fotos, comenzó diciendo: “fuera ICE”. Su discurso sobre un continente incluyente terminó con una ovación de pie.
También fue encargado del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, la final de fútbol americano, tal vez el deporte más típicamente estadounidense que existe, y Bad Bunny cantó todo el tiempo en español. Al final apareció caminando entre banderas de todo el continente y recitó todos los países que forman parte de América, un lugar que él reconoce como diverso, incluyente y lleno de riqueza cultural.
Trump, mientras tanto, despotricaba contra él. “Nadie entiende una sola palabra de lo que dice este tipo”, dijo. También dijo que “es una afrenta a la grandeza de America”. No sabe qué equivocado está, el presidente de los Estados Unidos, porque el espectáculo de Bad Bunny lo vieron 128,2 millones de personas (el segundo más visto en la historia después de Kendrick Lamar), y no era necesario saber español para entender un mensaje que era clarísimo: no más racismo contra los inmigrantes.
Siempre que hay gobiernos autoritarios son los artistas los que encabezan la resistencia. Con sus palabras, con sus canciones, con sus pinturas, con sus obras de teatro. Porque los artistas le devuelven a la gente la esperanza y la hacen sentir menos sola. Y Bad Bunny, más allá de si nos gusta o no su música, se está convirtiendo en un ícono de la resistencia. En un cantante que representa a América. A toda América. La de la tilde.
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