
Yo no sé si siempre fuimos así, o es que nos hemos venido degenerando. Tal vez es que hemos visto tanto horror que hemos perdido la sensibilidad. Hemos visto tanta muerte, tanta tristeza, tanta violencia, que ya nada nos espanta.
Esta semana ocurrieron dos cosas que me sacudieron el alma. La primera fue el secuestro de Diana Ospina. Salió a las dos de la mañana de una discoteca en Bogotá en un taxi que, después de hacerle el 'paseo millonario', la vendió. Parece increíble. La vendió a una banda con mayor capacidad de extorsión, para ver si podían sacar algo más de la familia. Me pregunto qué les pasa por la cabeza a estas personas que son capaces de cometer actos así de aberrantes.
Gracias a la presión ciudadana, a las redes sociales, a que se activaron todos los mecanismos de búsqueda, la segunda banda se asustó y sus miembros decidieron liberarla. La dejaron descalza, confundida y aterrada, en un paraje solitario cerca de Choachí, donde corrió por media hora porque nadie se detenía a auxiliarla.
La segunda cosa que ocurrió fue la muerte de una mujer que reclamaba medicamentos en una EPS en Cúcuta. No es nuevo, eso de que la gente muera mientras pide ayuda en dispensarios de salud o espera un medicamento. Lo terrible es que murió segundos después de que un hombre la filmara. Murió frente a la cámara.
Cecilia Quintero tenía una historia aterradora, según ella misma contó. Su hijo estaba en una silla de ruedas por culpa de los paramilitares y necesitaba medicamentos y pañales. También buscaba medicamentos para su esposo y para ella misma, que tenía una deficiencia renal y llevaba seis meses sin tratamiento.
La persona que la filma pasa después a hablar con otro hombre, a quien también le pregunta por sus problemas. En ese momento, Quintero se desploma. Quien filma mueve la cámara, la enfoca en ella en el piso, muestra su cuerpo inerte, y dice: “Ahí tenemos a la señora, que le dio un infarto”, y luego se gira para encarar a su otro entrevistado, y le pregunta qué problema tiene él.
Mientras tanto, alguien ha sentado a la mujer, ya muerta, en una silla. Al fondo, se ven muchas personas, casi todas más interesadas en lo que ocurre en las ventanillas que en el espectáculo tremendo frente a ellas.
Aquí todo está mal. Todo. La indolencia de un sistema de salud corrupto, ahogado cada vez más por este Gobierno. La indiferencia con la que la gente continúa adelante con su cotidianidad, a pesar de que hay una tragedia desarrollándose frente a sus ojos. La falta de solidaridad, de empatía, de conexión con los demás.
Lo único que funciona es la presión de las redes sociales, pero eso, me temo, es porque resulta más fácil reenviar un mensaje de texto que parar en una carretera desierta para socorrer a alguien.
Tal vez soy yo la equivocada, pero creo que tantos años de abusos, de engaños, de violencia nos han convertido en personas insensibles frente a cualquier dolor que no sea el propio. A lo mejor es un mecanismo de defensa, porque de lo contrario nos volveríamos locos de rabia y de tristeza con lo que ocurre a diario en el país. O puede ser que el mismo Gobierno indolente, las mismas autoridades indiferentes, nos hayan enseñado que nadie cuida de nosotros, así que más nos vale cuidarnos a nosotros mismos.
Lo que sea que ocurra, a veces pienso que somos una sociedad podrida. Podrida por la corrupción. Por la criminalidad. Por las injusticias. Pero también porque, hartos de vernos sufrir, hemos decidido embutir el alma y los sentimientos y sellarlos con una coraza infranqueable. Y si algo permanece encerrado mucho tiempo, corre el riesgo de descomponerse.
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