
Estuve en Irán hace unos años, cuando aún el régimen gozaba de “buena salud” y no habían comenzado las protestas, pero ya se sentía la inquietud de los jóvenes en el ambiente, y empezaban, tímidamente, a desafiar a la policía de la moral y a sus reglas represivas.
Visité sus bazares laberínticos, donde se venden desde tapetes persas hasta cebollas, pasando por utensilios de cocina, prendas de vestir, adornos para la casa y todo lo que uno necesitaría para la vida diaria. Fui a ciudades maravillosas como Shiraz, la cuna del poeta Hafez y una capital cultural importante en Oriente Medio. Estuve también en Isfahan, que tiene una de las plazas más hermosas del mundo, la de Naqsh-e Jahan. Dormí una noche en el desierto con los Qashqai, una de las tribus nómadas de Irán, que viajan con ovejas y camellos y son responsables de tejer los kilim, esos tapetes lujosos que adornan las casas de los occidentales y que ellos usan para enjalmar sus bestias de carga para sentarse en las arenas ardientes o para cubrir sus carpas en las noches heladas.
También visité los templos zoroastrianos, los barrios armenios y las ruinas de Persépolis, la mítica ciudad que gobernaba Darío III y que cayó a manos de Alejandro Magno en el 300 a.C.
Cuando el presidente Trump dijo esta semana que “toda una civilización” moriría si Irán no abría el estrecho de Ormuz, sentí no solo una enorme preocupación, sino una tristeza profunda. No tanto porque haya estado en Irán y haya conocido un país y una cultura fascinantes que, a pesar de la represión y de una dictadura tremenda, han sabido seguir adelante y reinventarse. Al fin y al cabo, lo han hecho desde hace más de dos mil años y, si fuese necesario, también lo harán esta vez.
Sentí lástima porque creo que la civilización que murió un poco con esas palabras fue occidente. Lo que atacó Trump con su ignorancia fue nuestra noción de democracia, nuestra idea de conflicto, nuestros códigos de guerra. Nosotros nos preciamos de ser países “civilizados”, de acogernos a convenciones y tratados internacionales y de respetar los principios básicos de un conflicto armado. No se ataca a la sociedad civil, no se destruye la infraestructura de un país, no se amenaza nunca con cometer un genocidio.
Los bárbaros que hacen eso son otros. Putin, por ejemplo, que ataca a los civiles en Ucrania con total impunidad. Pero Occidente no. Estados Unidos no. Un país que es miembro de la OTAN, que se había autoerigido como el guardián de la democracia y de las garantías a la población civil. Ese país ya no es más. De la mano de Trump cruzó una línea y se convirtió en aquel monstruo que antes decía atacar.
Hubo un cese al fuego, sí. Un cese al fuego débil, temporal, que quién sabe si llegue a la próxima semana. Un cese al fuego acordado en el último minuto, en el que ambas partes claman que ganaron el pulso. No es cierto. Nadie ganó, como nadie nunca gana en las guerras. Ni los gringos, que ahora están saltando matones para ver cómo disfrazan de triunfo las palabras blasfemas de su jefe, ni los iraníes, que terminan con un país golpeado, dividido y con una dictadura moribunda pero no por eso menos salvaje.
Nosotros, los que vemos todo desde las trincheras, tampoco ganamos. Ahora más que nunca estamos al borde de un colapso mundial, y la amenaza de Trump de acabar con una civilización puede que termine siendo cierta, porque de su mano es tal vez Occidente el que haya comenzado su declive.
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