
Estamos en guerra. Pero no en una guerra como la de Irán o el Líbano, donde caen misiles que destruyen edificios. Ni una guerra como la de Ucrania, donde los drones y las trincheras no bastan para detener a las tropas de los ataques a la población civil. Estamos en una guerra de pacotilla. Ruin, baja, vil, estúpida y cada vez más triste, como todas las guerras. Y como en todas, también, los que perdemos somos los ciudadanos.
Las elecciones presidenciales se han vuelto eso, justamente. Una guerra sucia, donde todos buscan encochinar al contendor bien sea por sus palabras o por interpuesta persona, y ya los votantes no sabemos qué creer, porque si nos pusiéramos a creer todo lo que escuchamos o todo lo que leemos, o incluso todo lo que vemos, terminaríamos convencidos de que los candidatos presidenciales son una manada de hampones, unos con nexos paramilitares, otros con la guerrilla, y todos, pero todos, mega corruptos.
Qué asco que hayamos llegado a esto. Qué asco que nos estemos tirando el agua sucia unos con otros, en lugar de debatir con ideas, con propuestas, con decencia. Y temo decir que el que ha puesto el tono ha sido el mismo presidente. ¿Dónde quedó la majestad presidencial? Sus discursos incendiarios, sus acusaciones sin base, sus ataques al sistema democrático que lo eligió son el pan de cada día, y ese tono ramplón abrió las puertas para que los demás se comportaran así, y tristemente no es que el abanico de candidatos se caracterice por su elegancia.
El último ataque ocurrió cuando la revista Raya y RTVC denunciaron la existencia de la “operación Júpiter” (¿de dónde, por Dios, sacan estos nombres tan ridículos?), una supuesta estrategia para favorecer la candidatura de Paloma Valencia, que incluía pagos a La silla vacía. Quienes no tienen memoria podrían llegar a creer semejante barbaridad, pero los que conocemos el portal de noticias sabemos que, si alguien ha sido crítico de Uribe y de su grupo, son ellos. ¿Qué se gana con atacar a uno de los pocos medios independientes y serios que tiene el país?
Para mí resulta claro que estas filtraciones sirven para sembrar dudas, pero no solo al respecto de la ética de un candidato, sino que también dejan al público con la sensación de que los medios no le están diciendo toda la verdad, y si mienten sobre una cosa, pueden mentir sobre todas.
Estas estrategias de desinformación pueden parecer efectivas para sembrar caos y atacar la pulcritud de un candidato, pero en realidad son contraproducentes para todos. Yo, por lo menos, ya estoy cansada de tantos ataques y tanto odio. Y me pregunto si en realidad los candidatos están haciendo campaña para que voten por ellos o para destrozar a los rivales. Y cualquiera que se preste, por acción o por omisión, a esta guerra sucia, está estableciendo desde la campaña un tono beligerante y mentiroso, además de inmoral. ¿Ese es el presidente que queremos para los próximos cuatro años?
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