
Mi papá no se pregunta cuántos años tiene. Se pregunta cuántos Mundiales de Fútbol le quedan. Cuando éramos niños, como nunca tuvimos con qué ir a una Copa Mundo, hacíamos nuestro propio Mundial en casa. Nos poníamos camisetas del equipo que nos gustaba, nos preparábamos con bebidas y crispetas, y venían todos los vecinos y los parientes a ver el partido, el que fuera, y luego nos quedábamos comentándolo. No importaba en qué lugar del mundo se celebrara, nosotros estábamos ahí como hinchas futboleros viéndolo a la distancia, envidiando un poco a la gente que podía ocupar esas bancas, a las olas de colores que las llenaban: amarillo, verde, rojo, blanco, según el que jugara. El fútbol era para nosotros una fiesta, como lo era para aquellos hinchas que iban a verlo a los estadios.
En este Mundial, muchas más personas van a estar como estuvimos nosotros: viéndolo desde sus casas. No necesariamente porque les da miedo ir a Estados Unidos, con los abusos de ICE y el endurecimiento de la política antiinmigrantes, sino porque los precios de las boletas han alcanzado niveles ridículos.
Si bien esos tiquetes comienzan en 60 dólares para fase de grupos, la nueva política de la FIFA de precios dinámicos, que suben o bajan según la demanda, ha convertido a los partidos de fútbol en subastas al mejor postor, donde las tarifas se vuelven impagables, en particular para ir a ver equipos que tienen una hinchada robusta como España, Brasil o Argentina, cuyo costo ya va por los 700 dólares. Y ni hablar de la final, donde una entrada puede costar casi 7.000 dólares.
Esto nunca había ocurrido. Ni siquiera en Qatar, donde las boletas costaban desde 69 dólares para los extranjeros en fase de grupos y la final costó 1.600 dólares. El fútbol siempre había sido un espectáculo asequible para el público, compuesto mayoritariamente de hinchas de clase media que le entregan el alma al equipo, y ahora con estos precios, los que antes hacían un esfuerzo económico importante para viajar a todas partes del mundo, pagar hoteles, alimentación y además entrar a los partidos, tendrán que empeñar su vida si quieren ir a esta Copa Mundo.
Pero no solo la política de precios dinámicos ha cambiado las reglas de este Mundial, sino los negocios paralelos y los paquetes VIP. La FIFA vende por lo menos la mitad de sus boletas a patrocinadores y los llamados paquetes de hospitality, entonces los sorteos generales y la boletería son menores. Y por si eso fuera poco, la reventa legal en FIFA dispara los precios cuando saca las boletas.
Adicionalmente a esto, el tema de la logística no es sencillo. El Mundial se jugará en tres países, con lo que los hinchas tendrán más desplazamientos y por supuesto mayores costos.
Muchos de los seguidores del fútbol no podrán estar en el Mundial esta vez. Los reemplazarán los turistas ricos que quieren una selfie en el estadio en el que Messi juega su último Mundial, pero que no tienen arraigo particular por una selección. Esto significa necesariamente unos partidos más asépticos, con menos camisetas de colores, menos pitos y banderas, menos himnos, menos fiesta alrededor del juego, y todo por la ambición desmedida de la FIFA.
Este año, como todos, yo estaré viéndolo en casa. Como todos, hinchando por mis equipos del alma. Pero tendré la sensación de que el fútbol ya no es más un espectáculo de todos, que ya no es más nuestra fiesta, sino una celebración lejana a la que no nos han invitado.
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